“No te asustes, me dije, el mundo está todavía debajo tuyo.”
Si se enumeran la cantidad de obras literarias escritas por medio o gracias a la influencia de los narcóticos, se podría llegar a la errónea conclusión de que las obras escritas por adolescentes marginales siempre son buenas. Pues no es así. No hay que confundirse. La belleza infinita de ésta pieza se descubre a pesar de su condición marginal y no gracias a su condición marginal.
No basta ser un adolescente yonqui y escribir un relato autobiográfico para que ocurra un milagro como éste.
Azul casi transparente es una obra muy especial, a pesar de estar construida con la misma estructura de otra decena de novelas similares.
La historia es bien simple. Adolescentes aburridos que consumen todo tipo de drogas, se prestan a orgías de todo tipo, asisten a recitales de rock y chocan una y otra vez sus cabezas contra la pared, en un constante e involuntario dolor que poco a poco los vuelve más enajenados y extraños ante sí mismos.
Ahora bien. ¿Qué puede aportar a nuestros espíritus semejante guarrada? Pues, ahí está la cuestión. Hay poesía en ésta obra. Si nada más se tratara de una crónica sobre la vida salvaje, ya tendríamos bastante con el día a día. Todos sabemos que la realidad ha superado a la ficción. Estamos hasta la coronilla de pornografía, locura y violencia. Y si ésta obra se tratara de refocilarse con lo mismo, pues ni me molestaría en mencionarla.
La crítica ha comparado ésta novela con la naranja mecánica y con el extranjero. No falta quien hable de una metáfora de la pérdida de los valores, de la sumisión oriental al imperio yanqui y otras interpretaciones por el estilo.
Todas las lecturas son válidas.
Particularmente confío en que lo que vuelve a ésta obra una obra que merece convertirse en un clásico de la literatura universal es su profunda sensibilidad.
Hay una búsqueda de algo superior en las páginas de ésta novela y esa búsqueda es la que la transforma radicalmente.
No es lo mismo sentir la revelación de algo superior tomando té en una charla de salón, que tirado en una zanja con resaca.
Bajo determinadas circunstancias, la belleza del mundo adquiere dimensiones místicas.
Hacía allí hay que dirigirse.
Si se enumeran la cantidad de obras literarias escritas por medio o gracias a la influencia de los narcóticos, se podría llegar a la errónea conclusión de que las obras escritas por adolescentes marginales siempre son buenas. Pues no es así. No hay que confundirse. La belleza infinita de ésta pieza se descubre a pesar de su condición marginal y no gracias a su condición marginal.
No basta ser un adolescente yonqui y escribir un relato autobiográfico para que ocurra un milagro como éste.
Azul casi transparente es una obra muy especial, a pesar de estar construida con la misma estructura de otra decena de novelas similares.
La historia es bien simple. Adolescentes aburridos que consumen todo tipo de drogas, se prestan a orgías de todo tipo, asisten a recitales de rock y chocan una y otra vez sus cabezas contra la pared, en un constante e involuntario dolor que poco a poco los vuelve más enajenados y extraños ante sí mismos.
Ahora bien. ¿Qué puede aportar a nuestros espíritus semejante guarrada? Pues, ahí está la cuestión. Hay poesía en ésta obra. Si nada más se tratara de una crónica sobre la vida salvaje, ya tendríamos bastante con el día a día. Todos sabemos que la realidad ha superado a la ficción. Estamos hasta la coronilla de pornografía, locura y violencia. Y si ésta obra se tratara de refocilarse con lo mismo, pues ni me molestaría en mencionarla.
La crítica ha comparado ésta novela con la naranja mecánica y con el extranjero. No falta quien hable de una metáfora de la pérdida de los valores, de la sumisión oriental al imperio yanqui y otras interpretaciones por el estilo.
Todas las lecturas son válidas.
Particularmente confío en que lo que vuelve a ésta obra una obra que merece convertirse en un clásico de la literatura universal es su profunda sensibilidad.
Hay una búsqueda de algo superior en las páginas de ésta novela y esa búsqueda es la que la transforma radicalmente.
No es lo mismo sentir la revelación de algo superior tomando té en una charla de salón, que tirado en una zanja con resaca.
Bajo determinadas circunstancias, la belleza del mundo adquiere dimensiones místicas.
Hacía allí hay que dirigirse.

