domingo 5 de julio de 2009

Ojo en el cielo



“Estamos desamparados. Dependemos del capricho de lo imprevisible”.

En lo que bien podría tratarse de una plataforma nuclear (la plataforma de Bevatrón) ocurre un desafortunado accidente.

Precisamente ese mismo día, antes de que ocurra el accidente, los Hamilton habían estado discutiendo respecto del futuro inmediato. Sucede que a Jack lo han inhabilitado en su trabajo, ya que sospechan que su esposa Marsha es comunista. Marsha sospecha que Mc Feyffe, a quien consideraba su amigo, ha intervenido desfavorablemente en ese juicio.
Los argumentos en contra de Marsha son tan sutiles que incluso consiguen confundir a Jack. Después de todo, nunca conocemos en verdad a una persona, incluso cuando convivamos con ella. Nunca podemos tener la certeza de los pensamientos que se producen en el interior de su cabeza.

Luego del accidente, Jack comienza a experimentar cierto grado de irrealidad. Los médicos le aseguran que es algo temporal y totalmente normal.
Un día invita a su casa a una de las personas que ha compartido con él aquella trágica experiencia del accidente. Sorpresivamente, comienza a tratar groseramente a esa persona, lo que despierta en ella una ira que se traduce en una lluvia de langostas.

Marsha sospecha que tal vez nunca se hayan despertado del accidente y que en realidad todos permanezcan aún inconscientes, tirados en el piso.

Sea como fuere, Jack se presenta ante Tillingford con la esperanza de conseguir un nuevo empleo. Allí, ante la agencia para el fomento de la electrónica, comienza a hacer una serie de descubrimientos inquietantes. Sus colegas, considerados hombres de ciencia, parecen más interesados en el misticismo que en cualquier otra cosa… incluso es posible que toda la agencia tenga como único fin la utilización del soporte técnico para acercarse a experiencias místicas.

Este misticismo particular no afecta solamente a la compañía electrónica, sino que comienza a manifestarse en todas partes alrededor de Jack. Si un coche se descompone, descubre que es posible repararlo leyendo unos salmos. En un bar hay una máquina expendedora que crea espontáneamente el producto, a medida que es solicitado. Una máquina expendedora sin depósito… o con un depósito infinito…
Inquieto y perturbado, se toma unas cervezas y se deja convencer por Mc Feyffe de ir a visitar a un cura, en mitad de la noche.
El cura bendice el paraguas de Jack y, con él, remontan vuelo hasta acabar en una vasta superficie que confunden con un océano pero que es, en realidad, un inmenso ojo.

Trastornado por los acontecimientos, Jack convoca a todos los sobrevivientes del accidente, con la intención de desentrañar el misterio que les está afectando.
Los protagonistas intuyen que detrás de toda la apariencia caótica hay una lógica que determina todo lo que les está pasando.
El coloquio arroja la hipótesis de que, de alguna extraña manera, han quedado ligados y atrapados en la mente de otro. Han despertado del accidente, pero en la mente de otro. Están experimentando el mundo a través de la lógica del sueño de otro.
Así las cosas, conciben el plan de despertar al durmiente, con la fantasía de recuperar la realidad. Sin embargo… las cosas no serán tan sencillas.
El lector, junto con los protagonistas, podrá comprender que despertar es una aventura sin retorno.

Sencillamente alucinante.

jueves 25 de junio de 2009

Loteria solar



Ted Benteley se desvincula de Oiseau Lyre, la compañía en la que ha trabajado por años. Luego de lo cual, decide probar suerte en otras latitudes. Se le ocurre que puede presentarse ante Verrick (el Gran Presentador/ el mayor dirigente planetario) bajo la pretensión de ser contratado por él. Se considera a sí mismo un excelente químico, así que se aboca a la tarea de repasar sus conocimientos técnicos. Cuando se siente en condiciones de reclamar una entrevista, la suerte parece estar de su lado, ya que la misma tarde en la que es entrevistado, acaban contratándole. Ahora bien, prestar juramento ante un superior implica un compromiso que excede el ámbito laboral, aproximándolo a un compromiso ético y moral.
En el preciso instante en el que Ted acaba de prestar fidelidad a Verrick, nos enteramos de que Verrick será destituido de su cargo. Para bien o para mal, así se han dado las cosas para Ted.

Por otra parte, Leon Cartwright es el director de la Sociedad Preston, quienes tienen en mente poner en órbita una nave espacial con destino a un planeta desconocido, del que tienen referencias inciertas. En realidad, el asunto parece decantar en una cuestión de fe, más que en una expedición científica.

El Gran Presentador es elegido por azar. Todo forma parte de un inmenso y complejo juego en el que toda la sociedad está involucrada. Desafiar a quien la suerte ha elegido por azar, forma parte del juego.
Quiso el azar que Leon Cartwright sea elegido como el nuevo Gran Presentador. Al mismo tiempo, Verrick será el primero en desafiarle, con intención de recuperar su poder. Herbert Moore, el socio de Verrick, ya tiene todo un plan trazado para hacerlo. Leon se ha convertido, de pronto, en un paranoico irremediable.

Ted colabora con Verrick, pero no consigue congeniar con su socio Herbert Moore. Las ideas deterministas en lo que al azar respecta, terminan poniendo a Ted de un humor insoportable.
En una fiesta, bajo el influjo del alcohol, se establece explícitamente la disputa entre Ted y Moore. En plena agitación alcohólica, Ted termina enredado en las sábanas con Eleanor, la amante de Moore, pero Moore no dejará pasar la ocasión de vengarse y le utilizará como conejillos de indias sin su consentimiento.

A la mañana siguiente, Ted se descubre atrapado en el cuerpo de un androide. Moore se las ingenió para crear una persona artificial que puede ser animada a la distancia por un tipo determinado de personas, de sensibilidad compatible, entre las que se incluye Ted.

El plan trazado por Moore es utilizar aquél androide para escapar a los poderes psíquicos de las personas que protegen a Leon Cartwright, ya que una persona cuya mente puede ser intercambiada representa un verdadero problema para alguien que intenta sondear esa misma mente, en constante fuga.

El plan de Moore es ingenioso y podría dar buenos resultados. Sin embargo, está sujeto al azar. Y todos sabemos que el azar es un misterio imposible de desentrañar. Impredecible y cuya naturaleza nos es absolutamente desconocida.

Huelga decir que se trata de la primer novela de Dick y que contiene, en potencia, todas las inquietudes que se convertirían en las obsesiones permanentes del autor.
Una obra reveladora y ciertamente se trata del inicio de una carrera brillante.

Por lo demás, las discusiones entre Ted y Moore acerca del azar, jamás se resolverán, como jamás puede resolverse ninguna discusión al respecto.
¿Trazamos y elegimos nuestro destino… o es el destino el que nos elige a nosotros?
No lo sé y vos tampoco lo sabés, pero de una cosa estoy seguro:

Todo está por suceder.

domingo 14 de junio de 2009

Heldenplatz



“La vida es efectivamente una comedia”
La última de las obras de Bernhard. La más política y radical de sus obras. Un verdadero derechazo al estómago. Una obra genial que bien podría recordarnos que usted y yo somos unos imbéciles pretenciosos y que la vida es un error tremendo.
El profesor Josef Schuster se ha suicidado. Josef siempre ha sido un personaje de lo más singular. Un intelectual atormentado, sensible, atravesado por una lucidez implacable. Matemático de profesión, de carácter irritable y enigmático.
Sus herederos discuten los pormenores que implica la venta del piso donde vivía Josef, en la Heldenplatz. A partir de éste suceso específico… comienzan a salir a la luz viejas historias familiares no del todo resueltas.
Para empezar, la relación entre Josef y su criada (la señora Zittel) fue bastante anormal. Podría decirse que, durante los últimos años de su vida, fue lo más cercano a una relación de amor. Su propia esposa estaba medio loca y ya casi no conversaba con ella. Más bien aparece como una especie de carga.
Sucede que su esposa continúa escuchando el griterío de la Heldenplatz, donde Hitler celebró en la víspera la anexión de Austria.
Cuando entonces, Josef se refugió en Oxford. Luego de muchos años, regresó a su piso en la Heldenplatz, pero entonces comenzaron las alucinaciones de su esposa. Los médicos sugirieron que lo mejor era mudarse, pero Josef no pudo aceptarlo. No soportaba la idea de ser echado por segunda vez de su casa.
A través del monólogo de la señora Zittel, se descubre que Josef ha sido en vida una persona de convicciones, pero que, no obstante, muchas veces se sentía arrepentido de las decisiones tomadas. Muchas veces se sintió culpable de haber rechazado la nacionalidad inglesa.

Todo el texto se construye a través de la evocación de un personaje ausente. Las impresiones personales y el recuerdo de los demás protagonistas terminan por infundirle vida a ese espectro.
Hay al menos dos personajes inolvidables. El primero, es la mencionada señora Zittel. El segundo, el hermano de Josef: Robert Schuster.

Robert es y ha sido siempre una persona enferma. Le parece inverosímil haber sobrevivido a su hermano, por lo que no puede evitar sentir un manifiesto asco ante los seres humanos en general y ante la sociedad que le tocó vivir, en particular. “En esta ciudad, alguien clarividente tendría que ser maníaco homicida todos los días, las veinticuatro horas”.
Con la excusa del entierro del profesor Schuster (un intelectual incomprendido), Thomas Bernhard escribe una tragedia de un humor corrosivo terrible.

Parodia o sátira de la sociedad Austríaca de la época, la obra alcanza dimensiones universales cuando denuncia la estupidez de la violencia entre los hombres. Desde las relaciones humanas entre familiares y amigos, hasta las relaciones de poder de una sociedad edificada sobre el pantanoso terreno de la ambición y el egoísmo.
Josef, el intelectual expulsado de Austria por los nazis, ha mantenido con su esposa y con su criada una relación de una tiranía solamente comparable con la de un dictador.
¿Y quién es mejor o peor en una sociedad dirigida por imbéciles?

lunes 8 de junio de 2009

El lector



Para los que no lo saben, se los advierto: Se trata de un bestseller. Se trata de una historia de amor. Pueden retirarse los que se sientan incómodos. Les invito a comentar brevemente la obra en cuestión con los valientes que acepten quedarse.
El relato se desarrolla por medio del recurso de la evocación de determinados acontecimientos que afectan el pasado del protagonista, en sucesión de recuerdos retrospectivos que culminan en el presente.
Se trata, desde luego, de un recurso efectivo e hipnótico.
La materia prima del relato puede simplificarse así: Evocación de un amor acontecido en el pasado. Suceso que trastorna la relación. Vuelta al presente/ transformación psíquica y espiritual del protagonista.
Hay que decirlo: Con la misma estructura se han construido cientos de novelas rosas, de esas que suelen ser menospreciadas por los, así llamados, intelectuales que se mofan de la simpleza de tales obras y celebran, a su vez, a autores como Schlink.
Ironía aparte, continuamos: El protagonista es Michael Berg. La evocación de los sucesos comienzan a sus quince años. Entonces conoce a Hanna, una mujer mucho más grande que él, con quien acaba involucrándose.
Me gusta la primera parte del relato. Me gusta la manera en la que conoció a Hanna, vomitando sobre su vereda…
Me gusta el desarrollo de cómo van conociéndose… lentamente… Un día Michael va a la casa de Hanna a darle las gracias por las molestias ocasionadas… Hanna le pide que le ayude a transportar carbón desde el sótano a su habitación y el muchacho se ensucia todo… Entonces Hanna le sugiere tomar un baño… y el muchacho no puede reprimir una erección…
En fin, que a partir de allí nace una relación de amistad que va mutando en amor. Michael es un estudiante y un día se le ocurre leer en voz alta uno de sus libros de estudio. Hanna le toma el gusto al asunto y las sesiones de lectura acaban convirtiéndose en un ritual de amor.
Literatura y sexo. El sueño de todo intelectual… Así se pasan las horas… leyendo a Chejov, a Goethe, a Schiller… Desnudos… tendidos en una cama… dejándose llevar...
Sin embargo un día… Hanna desaparece sin dejar rastro. Los años pasan y Michael conoce a otras mujeres… sin embargo nunca podrá olvidar a Hanna…
Así las cosas… La vida continúa y Michael termina estudiando abogacía. En una clase especial, asiste con su grupo de estudio a un juicio contra criminales de guerra nazi. Y… ¿adivinan quién está siendo juzgada? Pues, sí. La mismísima Hanna.
Michael se conmueve, se debate en sí mismo sobre esto y aquello. Se replantea un montón de cuestiones espirituales y morales… Aunque la complejidad del asunto queda diluida en unas reflexiones un tanto edulcoradas…
Luego la historia se extiende un poco más… Hanna acaba en prisión y, durante años, Michael decide enviarle cintas grabadas con su voz. No se profundiza respecto a las sensaciones de Michael. No sabemos si la perdona o no la perdona… si la acepta o no la acepta… si está a favor o en contra. Lo cierto es que continuará enviándole aquellas cintas, durante años.
Todavía queda lugar para algunas reflexiones morales o algunos replanteos filosóficos… pero se trata de unos planteos bastante blandos.
En conclusión, se trata de una obra sencilla, funcional y efectiva que te emocionará, te atrapará y te conmoverá.
En lo personal, le exijo más a la literatura. Si tengo ganas de leer alguna historia atravesada por el fantasma del nazismo, prefiero a Primo Levi, a Kertesz. Prefiero a Hartum Lange… pero yo soy un perro pretencioso.
A tu mamá le va a encantar.

jueves 4 de junio de 2009

La desintegración de los planetas


Como de costumbre, vuelo. Voy volando hasta la escuela y, cuando estoy por llegar, me doy cuenta que estoy descalzo, así que tengo que volver a recuperar mis zapatos. Nunca fui a la escuela volando. Ni siquiera estaba muy seguro del camino, pero me bastaba con imitar el recorrido del colectivo, desde el aire.

Me doy cuenta de que volar no es poca cosa. Entiendo que yo me habitué a ello, al igual que mis conocidos inmediatos, pero no debería ser así. Yo debería salir en la tele, mi caso debería ser sometido a estudio por parte de la comunidad científica. Si a mi alrededor lo consideran apenas una extravagancia, es porque no terminan de entender la importancia del asunto. No lo sé con certeza, pero apostaría que no hay casos similares al mío en toda la historia de la humanidad. Tal vez algún caso de levitación no confirmado. Qué remedio, yo no levito, vuelo. Vuelo como un superhéroe y a la gente le importa un pimiento. Le comento a mi hermano, le pido que se tome la molestia de confirmar mis sospechas. Si son ciertas, nuestras vidas pueden cambiar de un momento a otro. La verdad, estoy un tanto cansado de ser pobre, quisiera no tener que seguir con la rutina de los días miserables.

En la escuela es día de examen. Yo no había estudiado. El profesor llega tarde. Las consignas del examen las escribió él mismo, en puño y letra. Su tipografía es horrible, la hoja tiene una mancha de tinta. La consigna es tan simple, que incluso sin haber estudiado puedo aprobar. Incluso, me da miedo hacerlo demasiado bien, porque sospecharían y no tengo ganas de levantar sospechas. Al menos no en la escuela, allí no tengo más ambiciones que terminar pronto con el asunto. Odio la escuela, me parece un trámite engorroso. Lo único que me divierte son algunos de mis compañeros, como el que se sienta a mi lado, con el cual me he puesto a discutir en broma sobre la discografía completa de radiohead.

Precisamente cuando los negocios están cerrando, trato de conseguir, como sea, un mueble que sea resistente al fuego. No lo consigo.

Me siento angustiado ante la perspectiva de que pueda perder mis libros. En la esquina de mi casa hay un incendio. Desconozco las razones, pero sospecho una guerra. Tanto si es así, como si no es así, lo que me preocupa es conservar los libros. No todos, pero al menos los que sé que, en el futuro, no podría volver a conseguir. Busco el bolso más grande que encuentro en mi casa y allí comienzo a guardar los libros de Beckett, Blanchot, Bernhard, Bataille, Faulkner, Genet, Boris Vian, algunas obras específicas, como los últimos días de la humanidad, Berlin Alexanderplatz, el hombre sin atributos...Las obras completas de Kafka… solo cuando compruebo que aún hay lugar, incluyo la crucifixión rosada y los trópicos, de Henry Miller, y algunas novelas beatniks.

En el mismo bolso incluyo unos plátanos que, luego, entiendo que debería sacar de allí, ya que, con toda probabilidad, se pondrán malos.

Imaginarme aquellos plátanos podridos me inquieta.

miércoles 27 de mayo de 2009

Soy un humanoide



Convengamos en que unas veces consigo no intervenir en ninguna cosa y que otras veces no lo consigo en absoluto. Y que algunas veces consigo intervenir en unas cosas y no en otras y que en otras ocasiones consigo intervenir en unas cosas y en otras en lo absoluto. Y a veces no intervengo en lo absoluto en ninguna y a veces en lo absoluto en ninguna y en algunas nada más que un poco. Intervengo como quien no quiere la cosa, de manera casual, torpe, de manera obsesiva. Incluso cuando reparo en ello y cuando no reparo en ello. Cuando adquiero conciencia de ello y cuando no la adquiero en lo absoluto. A fin de cuentas es siempre lo mismo. Una intervención episódica que unas veces se manifiesta y otras no y que unas veces consigo entender y otras no y que a veces entiendo y otras no. Incluso cuando se manifiesten o cuando no se manifiesten, incluso cuando se manifestaron alguna vez o cuando no se han manifestado nunca. Es así. Unas veces lo entiendo y otras no y otras veces consigo que se manifieste o que intervenga mi voluntad y mi razón y otras veces no lo consigo en lo absoluto. Y a veces lo consigo por momentos y a veces en ningún momento. Es así. No hay vuelta de hoja. No tiene sentido polemizar al respecto. No tiene sentido agregar más nada. No, no tiene ningún sentido. Aunque insista en darle un sentido y vea lo que quiero ver, incluso cuando mi insistencia me lleva a ver cosas que no están allí, en última instancia, son imaginaciones mías. Fantasías, fantochadas, ilusiones, puras pavadas que colecciono sin orden, sin intención, sin conciencia. Puras palabras que articulo en mi cerebro degenerado que no deja ni por un minuto de articular palabra tras palabra, frase tras frase, como si tuviera algún sentido, como si la inmensidad del mundo pudiera ser pulverizada, en un intento imposible de voluntad frustrada, en un hábito que se ha hecho costumbre y que no es más que una manera que ha devenido en rutina, que me ha alcanzado con su luminosidad particular, como una posibilidad entre miles, como una opción entre miles de opciones, todas igual de admisibles, todas igual de ridículas. La vida es así. Una inmensa caravana de objetos que no se dirigen a ninguna parte. La vida es esto. Un montón de sensaciones que nos pertenecen y un montón de sensaciones que no nos pertenecen, pero que, en última instancia, acabamos por adueñarnos. Como si fuera posible el milagro de la lógica, como si fuéramos capaces de ejecutar ese idioma del cual desconocemos todo alcance, como si acaso no fuéramos, en realidad, impotentes ante nuestra propia capacidad perceptiva. En todo caso, siempre se trata de una intención. De una aproximación unas veces coherente y otras veces imposible como, a fin y al cabo, lo es todo. Aunque me desgañite negándolo, aunque lo refute desde mil razones admisibles e inadmisibles, en todo caso, pronunciadas, al fin y al cabo se llega siempre a la misma conclusión. La vida es una sumatoria de objetos y sensaciones que asociamos a los objetos y de emociones que se articulan y se adhieren a las decisiones que tomamos de manera accidental, de manera azarosa. La vida es un montón de posibilidades que suceden y no suceden.

Y, mientras tanto, en Buenos Aires… otro día comienza.

domingo 3 de mayo de 2009

Sol artificial




Remontémonos a la situación en bruto del lector en contacto con el libro objeto. Remontémonos a la experiencia primal de no saber nada de nada, de quién, ni cómo, ni cuándo, ni dónde. Tenemos el libro en nuestras manos y leemos la contratapa y no encontramos ningún dato que nos ponga en contexto. Hasta ahora, solo tenemos dos datos: Título y autor. Tal vez el nombre del autor pueda darnos alguna pista de la procedencia del país de origen, aunque no podamos estar del todo seguros de que el nombre no sea un seudónimo. Leemos, esperanzados, la solapa donde suelen estar los datos biográficos, aunque tampoco allí encontramos demasiado. Prólogo, no tiene. En la parte de legales, se revelan dos enigmas, ya que allí, un pequeño texto reza: Narrativa argentina. Bueno, ahora ya sabemos dos cosas que antes no sabíamos. Se trata de un texto de ficción, escrito por un argentino, publicado en 2009. Lo sé. De buenas a primeras, no parece prometedor, pero todos sabemos que las promesas están hechas para romperse. Así que, ¡qué remedio!

¿Cuál es el primer gran error que comete el público respecto a una obra, sea cual fuere? ¿Lo adivinan? Pues, es fácil: querer saber lo que el autor o artista quiso decir. Ese es el primer gran error fundamental que malogra desde el vamos el circuito: artista – obra – público. Dicho lo cual, queda completamente excluida la interrogación respecto a las intenciones del autor. Las intenciones del autor quedan excluidas de plano.

El libro se compone, estructuralmente, de capítulos o episodios titulados que conforman, en conjunto una obra bastante singular. Por momentos críptica, difícil de catalogar. Aparecen distintos géneros fácilmente reconocibles, pero ligeramente adulterados. Así, nos encontramos con recursos del género epistolar, periodístico, ensayístico, poético, fantástico. Ficción y no ficción entrecruzándose permanentemente. Embellecidos o emborronados (según como se mire) por una pluma histérico-poética.

El primer capítulo, de alguna forma, vendría a servir de prólogo o presentación a la obra. Allí se explica que se trata, precisamente, de una especie de pastiche cuya ilación es dudosa pero posible. Al mismo tiempo que se realiza una presentación del autor y se advierte de las condiciones lisérgicas, fantásticas, delirantes, nihilistas que teñirán el resto del libro.

Podríamos decir que no se trata de una novela de ciencia ficción. No es un libro de cuentos, ni de ensayos. Tampoco es un libro filosófico, ni poético. No es una colección de artículos ni entrevistas. Sin embargo, contiene un poco de cada cosa. Escrito bajo un modelo delirante, producto de una sensibilidad retorcida, hija de un neurótico romántico.

Si existe una constante, sería la dicotomía realidad/ virtualidad. Es posible identificar ecos del ciberpunk. Bruce Sterling, William Gibson. En el episodio titulado Historia y capitalismo afectivo, también he querido ver ciertas semejanzas con la obra de Houellebecq. Aunque, con todo, se trata de una obra única.

Tal vez la realidad ha sido reemplazada por un sistema virtual y tal vez ni siquiera nos hayamos dado cuenta. Lo paradójico sería convertir un objeto tan arcaico como un libro en un objeto de denuncia... aunque podría funcionar. Incluso podría funcionar.