domingo 19 de diciembre de 2010

Maintenant

Embustero. Marino del Pacífico. Mulatero. Recolector de naranjas en California. Encantador de serpientes. Ratero. Sobrino de Oscar Wilde. Leñador en los bosques gigantescos. Ex campeón de boxeo de Francia. Nieto del canciller de la reina. Chofer de automóvil en Berlín. Ladrón. Etc. Etc. Etc.


Si uno tiene veneno en la sangre, al hablar mal de los otros debe tener mucho cuidado de no morder su propia lengua. Quejarse puede ser mas sencillo que crear. Sin embargo, es indudablemente menos interesante. Cravan se ha quejado de todo y de todos, pero también ha creado y lo ha hecho de una manera peculiar, encontrando su propio modo, creando un universo propio. Su revista es paradigma de la ley del “hazlo tú mismo”, que luego se apropiarían los primeros punks. Aunque la pulsión de Eróstrato parece guiar su pluma, también ha demostrado tener una sensibilidad genuina y creo que, a fin de cuentas, debe ser juzgado por sus mejores versos.


Si pensamos como Pessoa que “un genio pequeño consigue la fama, un gran genio consigue mala reputación, un genio mayor consigue la desesperación y un dios consigue la crucifixión”, no es difícil entender la fascinación que puede producir en algunos Arthur Cravan. Antes que ninguna otra cosa, Arthur Cravan fue un rebelde, como Jesucristo. Pero no fue un mártir, por fortuna para Proudhon, que sostiene que: “Después de los tiranos, no conozco nada más detestable que los mártires.” Lo cierto es que Arthur Cravan fue tan amado como odiado y jamás pudo pasar desapercibido. Arthur Cravan era un tipo indudablemente singular. Incluso en su aspecto físico. Un coloso en todo sentido. Se dice que era hermoso, que medía dos metros. Fue boxeador y poeta. No adhirió a ninguna escuela ni a ningún movimiento artístico porque, antes que ninguna otra cosa, siempre fue un solitario. Sin embargo los dadaístas se sirvieron de su nombre, le citaron y celebraron sus ocurrencias y sus bromas, que encontraron afines. Pero Cravan no era dadaísta, ni surrealista, ni nada. Cravan era Cravan. Un coloso que estaba dispuesto a llevarse el mundo por delante. Y, de alguna manera, es lo que hizo. O intentó hacer, hasta que desapareció, sin dejar rastro.


Por otra parte, es cierto que los artistas potencialmente interesantes, parecen volverse todavía más interesantes cuando son esquivos. El investigador devenido en detective literario deja tras de sí un halo de misterio que ensancha el mito de su objeto de estudio. (Sino, pregunten por Archimboldi). Luego, Arthur Cravan pertenece a esa singular galería de artistas sin obra o, dicho de otro modo, artistas cuyas vidas fueron su propia obra. Un personaje que necesariamente debe ser reconstruido a partir de las declaraciones de otros. A partir de las huellas que dejó en los demás. El asunto del modo en que afecta la vida a la obra y viceversa remite, a su vez, a otra discusión que, a la hora de hablar de Arthur Cravan, me parece inevitable. Se trata de la tendencia a cometer actos delictivos para conseguir renombre. Aunque pueda parecer extraño, Arthur Cravan parecía estar morbosamente interesado en el renombre. Su discurso, más que contradictorio, es irónico, pues como si fuera poco, Arthur Cravan también fue un gran bromista. Podríamos decir que le importaban un pito los intelectuales de la época, sobre todo porque no hablaban de él. Obviamente, este modo de razonar no es contradictorio, simplemente es irónico. Como el chiste de Woody Allen que abre Annie Hall. (La vida apesta y encima dura poco).


Luego, el mito y la figura de Arthur Cravan se convierten en ícono de toda una época, signada, sobre todo, por el desencanto y la rebeldía, por el mito del culto a la belleza y el mito de la revolución y las vanguardias. Arthur Cravan, quiso huir de las etiquetas, y para ello se escondió detrás de una docena de ellas. (Ya saben, como el chiste ese que dice que el mejor lugar para esconder un árbol es en un bosque). Arthur Cravan, el coloso inasible fue, necesariamente, un hijo de su época. Un espécimen del que algunos pudieron enorgullecerse. Una broma de la que algunos supieron reír. Por lo demás, la dinámica de una sociedad neurótica exige que una novedad sea reemplazada rápidamente por otra. El nombre de Arthur Cravan fue perdiendo intensidad. Aunque algunos tuvieron la afortunada idea de mencionarlo aquí y allá y gracias a todos los que mantuvieron viva su memoria, hoy podemos recordarle. En particular, los lectores de habla hispana, ya tuvimos noticias suyas por haber aparecido en la antología del humor negro, de Breton, publicada por Anagrama. También podemos rastrear sus huellas como un episodio algo marginal, pero un episodio al fin, en la vida de Marcel Duchamp. Las biografías de Tomkins y de Marcade, dan debida cuenta de ello. También aparece mencionado en el libro Bohemios, de Dan Franck, por la famosa disputa entre Cravan y Apollinaire. Hasta la aparición de Maintenant (editorial Caja Negra), la evocación de Arthur Cravan era un simple comentario. Ahora, también podemos leerle. Podemos consultar las fuentes. Lo cual resulta sumamente afortunado.


Cito el libro de Tomkins: “Cravan se las había arreglado para insultar a la mayoría de los artistas parisinos a través de su injuriosa revista Maintenant, que estuvo publicando de 1911 a 1913 y vendiendo a la entrada de los estadios deportivos, en un carrito de verdulero. Para eludir la llamada al servicio militar obligatorio, Cravan se había marchado a la neutral Barcelona, donde desafió a Jack Johnson, antiguo campeón del mundo de los pesos pesados. Aquel combate, que gozó de tanta publicidad, no fue más que una farsa. Cravan consiguió sacar lo suficiente de este triste episodio como para pagarse un pasaje a Nueva York. Uno de sus compañeros de viaje iba a ser Leon Trotsky, el revolucionario ruso exiliado, el cual recordaba que Cravan le había confesado que prefería pulverizar la mandíbula de los yanquis en un deporte noble que dejarse pulverizar las costillas por un alemán”.


El episodio por el que va a ser eternamente recordado es el que atañe a la exposición de los Independientes, ocurrido en Nueva York. Duchamp y Picabia, que lo organizaban, se encargaron de llevar a Cravan al auditorio. Cravan se desnudó, vociferó, boxeó, hizo un escándalo tremendo. En una fiesta dada por los Arensberg (mecenas de Duchamp), Cravan conoce a Mina Loy (que en realidad estaba interesada en Duchamp). Aunque al principio no se llevaron bien, luego se entendieron y llegaron a casarse. Se puede decir que fueron felices, hasta que Cravan desaparece.

Nos queda Maintenant, la revista y el libro. Sus diatribas rabiosas contra Gide, Apollinaire, contra los modernos. Pero también nos queda el misterio de su poesía. Cravan fue un poeta extraordinario, transatlántico y universal. Su pasión por viajar lo llevó lejos, tan lejos que llegó hasta allí donde no es posible regresar.


Cada hora tiene un color que se borra para siempre

Sólo un pájaro deja de él una huella

El recuerdo en vano con sus colores querría

Reunir en un ramo los diversos olores

El recuerdo no puede más que remover cenizas...



Au revoir, Mister Cravan.


4 comentarios:

marcus dijo...

Gracias por aportar esos datos que son desconocidos para la mayoría. Saludos.

J. G. dijo...

desconocidos e inéditos para algunos, gracias.

Juan dijo...

Pasé, leí, disfruté.

Humanoide dijo...

Muchas gracias. En serio.