un breve comentario sobre los libros que están de moda en el planeta marte

jueves 12 de noviembre de 2009

Los amigos soviéticos

El narrador comienza a contar los sucesos en retrospectiva. Da algunos rodeos hasta que comienza a hablar de Volodia, su amigo Soviético. Volodia desencadenará en el narrador una fascinación por Rusia que, mientras las páginas se suceden, se traslada al lector, de manera inevitable.

Volodia se divierte disparando con un rifle de aire comprimido desde la terraza del ruinoso departamento en el que vive junto a su madre, una mujer diabética de cierta edad, que casi no se levanta de su cama. Cuando el narrador le escribe un mensaje de texto, Volodia le responde siempre con la palabra “boludo”.

Serguei es el amigo de Volodia. Trabaja en un estacionamiento. Allí tiene una vieja televisión blanco y negro, que ha atado con una cadena, por miedo a que le roben. No habla casi nada de español y no le interesa aprender, porque no lo utiliza. Cuando el narrador se comunica con Serguei, lo hace con señas o traducido por Volodia.

La caracterización de los personajes tiene algo fascinante. Resultan tan increíbles que podrían ser reales. La novela está atravesada por las citas. Constantemente se hacen referencias a la cultura popular. Referencias que están y no están relacionadas con Rusia. En algún momento, es posible advertir que la asignación de lo soviético adquiere las dimensiones de un objeto fetichista.

La introducción de lo pornográfico forma parte de un proceso decadentista cuya coherencia es patética e inevitable.
La mención a películas como “las alegres chicas de Koljos” o “A las barricadas mis concubinas” le quitan seriedad al asunto, al mismo tiempo que lo vuelven real. Tan real que uno no sabe si reír o llorar.

La curiosidad y el genuino interés por las culturas encontradas, deviene en situaciones cuyo exotismo resulta hilarante y fabuloso. Así, es posible cruzar al general Perón con Stalin y comenzar a ver paralelismos entre Rusia y Bs. As, entre la cúpula del congreso y el Reichstag en ruinas.

El narrador le regala a Volodia la película “Infierno Rojo”. La ven, conversan sobre esa película en particular y sobre el cine en general. Volodia le comenta algunos pormenores sobre la difusión del cine americano en Rusia. Una película de James Bond doblada al ruso puede convertirse en una curiosidad considerable.

Volodia se pone a salir con una adolescente llamada Ivana. El narrador consigue besar a una amiga de Ivana, luego de lo cual, declara que ha sentido como si besara a Bambi. Guiados por el aburrimiento y la curiosidad, surge la idea de jugar al juego de la copa. Se preguntan a qué personaje histórico pueden invocar. Una de las niñas sugiere que invoquen a Mick Jagger, solo que Mick Jagger no está muerto. Ivana sugiere que invoquen a Yegor Letov. Personaje espeluznante, si los hay.

Y así sucesivamente.

La verdad es que la trama de la novela colapsa ante la desgarradora fuerza de lo anecdótico. Y las anécdotas se suceden, una tras otra, poderosamente.
Pero todavía hay más. Incluso hay más. La novela resiste una lectura nada ociosa. Con intención o sin ella, la verdad es que no es posible leer la novela sin reflexionar en las transformaciones que se dan la identidad colectiva y subjetiva, a partir del triunfo del capitalismo y su dimensión trágica.

En algún momento, en el texto se hace una mención a Wittgenstein, a partir de una foto encontrada casualmente en la web. Es precisamente Wittgenstein quien ha dicho que si un león hablara, no le entenderíamos. Quizás allí habría que rastrear las claves para reflexionar sobre la identidad, ya sea de un pueblo, de una nación o de un individuo.

La verdad es que la brecha que hay entre Bs. As y Rusia es tan grande que es imposible de sortear. A menos que se aborde el asunto desde una perspectiva existencialista. Lo que podría interpretarse como la posibilidad de aproximarse a la esencia de las cosas, por medio de su apariencia.

Quizás es posible penetrar más profundamente en la identidad de Rusia, guiados por la experiencia un tanto tergiversada de una amistad casual que a través del estudio minucioso de miles de libros de historia. Y eso es posible porque la cultura popular se ha convertido en nuestro cable a tierra. E Internet en nuestra Biblia.

Estoy en google, luego existo.


8 comentarios:

ericz dijo...

Buena dedicatoria. Felicitaciones.

Humanoide dijo...

Ericz: La dedicatoria dice "Para el librero humanoide, con fé". Reconozco que es un tanto misteriosa la frase, eh. En fin, un golazo. Terranova es un capo, che.

benjamin dijo...

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cafecortadocontresdeazucar dijo...

Desde que me lo recomendaste aquella noche, en aquella biblioteca cafe, en pleno centro, tengo muchas ganas de leerlo.

Beso grande. Y gracias por pasarte.

Claude dijo...

Hace poco vi fotos de Ginsberg, Beckett, Burroughs y creo que también de Genet en el sitio de fotografías de Richard Avedon.

¿“Soviético” es sinónimo de “ruso” en el libro?

Tuve algunos conocidos rusos. Bah, no todos: una chica era bielorusa y otro tipo era ucraniano, pero todos eran eslavos o de por ahí.

¿Vio esos diminutivos que usan? Todo muy “ishka” y “ushka”. Son muy simpáticos.

Anónimo dijo...

Todo el poder a los Soviets !

Dragon de Azucar dijo...

Este era uno de esos libros que me llaman la atensión pero que nunca me decido si comprar o no. Gracias por la reseña, acaba de sumar un punto más a favor, quizá caiga en navidad...

Saludos

Humanoide dijo...

Cafe: El placer es mio.Dele una chance al amigo Terranova.

Claude: Lo de confundir lo sovietico con Rusia es un defecto mio. El cual, dicho sea de paso, considero bastante admisible.

Y sí, los rusos son encantadores.

Anónimo: Hay que salir a escribir eso con aerosol por las calles de bs. as.

Dragon: si se decide, espero que lo disfrute... si no le gusta... no me reclame a mi. Hable directamente con Terranova !


Bueno, queridos, gracias por pasar.

Les quiero.

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