
“Las buenas ideas son tan difíciles de realizar como la música. Qué significa esto, no lo sé; pero es así.”
¿Quién es el hombre sin atributos? Se trata de Ulrich, el protagonista de la novela. ¿Y cuáles son sus características? Pues, se trata de un abogado, soltero. Un hombre que tiende a la introspección. Adinerado, culto. Su querida se llama Bonadea y su mundo gira sobre sí mismo y sobre esos satélites que son sus amigos, Walter y Clarisse.
El padre de Ulrich es un filósofo del derecho ya retirado, jurista influyente, que siente el peso de la responsabilidad respecto al futuro de su hijo. Entonces intercede para que Ulrich se posicione de mejor manera respecto a la sociedad en la que vive. Para hacerlo, le pide que se ponga en contacto con los Tuzzi. (Representantes del ministerio de la casa Imperial) y con el conde de Stallburg, quien conjuntamente con la prima de Ulrich (Diótima) y otras personalidades destacadas, forman parte de un proyecto político de elite del que depende toda la sociedad.
La asamblea se termina de constituir junto al general Stumm Von Bordwher, enviado por el consejo de guerra, que hace sentir ligeramente incómoda a Diótima, ya que es un hombre viejo, gordo y sin gracia que la pretende de una manera absurda. Finalmente Arnheim vendría a ser el protegido y amante de Diótima.
El pueblo quiere y admira a Diótima, quien está a cargo de la asamblea a la que bautizaron como la “acción paralela”.
Arnheim se presenta como Némesis de Ulrich. Diótima proyecta la figura de Arnheim como líder de la acción paralela. Lo que resulta absurdo porque no es alemán y se trata de una estrategia patriótica en su totalidad.
Entre Clarisse y Ulrich existe un deseo mutuo, prohibido. Walter lo sabe, y quizás por eso jamás termina de congeniar con Ulrich.
Leo Fischel es el director de uno de los bancos más importantes, el Lloyd Bank, tiene una hija, Gerda, que solía ser frecuentada por Ulrich. Su esposa es amiga de Diótima.
En la casa de Fischel hay agitación de la mano de los amigos de Gerda. Su novio, Hans Sepp, es un joven con ideas revolucionarias que no se demora en discutir con Ulrich sobre política y filosofía.
El tiempo pasa y la acción paralela no conduce a ninguna parte…
Esa espera absurda, ese tiempo perdido, sacralizado a través de infinitos proyectos que se resolverán en el futuro, se convierten, de alguna manera, en una alegoría terrible. ¿No es la filosofía y todo saber intelectual una constante edificación de castillos de arena?
Hay, ciertamente, una necesidad innata en el hombre por perseguir ese horizonte que siempre se desplaza. Curiosa paradoja, la meta que perseguimos es inalcanzable. Lo sabemos y todavía insistimos. Hablamos de optimismo y pesimismo y lo mismo da. Cada vez que llegamos a alguna parte, cada vez que creemos que hemos conseguido algún éxito material o espiritual, no conseguimos tranquilizar por completo la voz de la conciencia. No conseguimos sosegar el anhelo de aquello que no tiene nombre. Y está bien que así sea, incluso cuando, a ojos vistas, todo es absurdo, como la vida que intentamos sostener, como nuestras costumbres y certezas, a las cuales nos aferramos sin demasiada convicción. Después de todo, es bastante normal.
Incluso es posible que, en el fondo, de eso se trate.
En la segunda parte de la novela, el trasfondo filosófico se profundiza cuando, luego de la muerte del padre, Ulrich se reencuentra con su hermana. Las circunstancias le llevan a convivir y, de alguna manera singular e indescriptible, se hace evidente que su amor trasciende el límite que la sociedad ha impuesto sobre ellos.
Ahora bien. ¿Es posible una felicidad que no esté legitimada por la sociedad?
El amor, la sabiduría, las palabras que trasforman y condicionan las percepciones sobre la realidad, la esencia y la apariencia de las cosas, son las cuestiones que le quitan el sueño al hombre sin atributos, entre otras miles de cuestiones tan complejas, tan distantes, que llegan a un límite tan extremo que, mientras se analizan con rigurosidad, (recordemos que Ulrich es un matemático por excelencia, siempre presto a ordenar sus pensamientos alejado de toda cuestión bohemia, trivial o insustancial) acaban siendo inquietantes.
De eso se trata. De llevar la capacidad de pensar y sentir a un nivel tan complejo y extremo que, desde luego, se extravían todos los límites.
La paradoja de la razón, estimulada por sensaciones físicas.
Huelga decir que Robert Musil jamás acabó su obra, incluso cuando fue la obra en la que trabajó incansablemente, durante toda su vida. Vivió obsesionado por encontrar un final que jamás encontró. Escribió y reescribió su obra, que se publicó y republicó en ediciones cada vez más extensas. Cada vez fue adicionando uno y otro capítulo. En su versión en castellano, recién se conocería la edición “definitiva” en el 2004. Es decir, la edición que incluye los capítulos adicionales en lo que Musil trabajaría hasta el día de su muerte.
¿El resultado?
Una obra inaccesible, compleja, terrible. Una experiencia singular que nos arroja, indefectiblemente, al borde y al límite de la razón humana.
“Querer llegar a la certeza en el saber es como querer andar sobre seguro: una cobardìa”
¿Por qué el hombre sin atributos es la última gran novela jamás escrita? Sencillamente porque no es una novela. Vamos, que todo argumento se deshace apenas uno se adentra en sus páginas.
Mucho se ha hablado de que la novela se vale de la decadencia del imperio austro húngaro para presentar una alegoría universal del espíritu humano.
Todo lo que se dice es cierto.
La vastedad de la obra es tal, que cualquier cosa cabe decir y pensar sobre ella.
Lo mismo da, siempre ha sido y será por siempre un lugar fronterizo en la conciencia humana.
Alucinante.




